Pacific
14 Apr 2017

En búsqueda del único loro alpino (y carnívoro) del mundo

Hay que ser muy sigiloso para ver a un kea en su hábitat natural. Kimberley Collins, del equipo de Forest & Bird (BirdLife en Nueva Zelanda) nos cuenta su aventura de cuando salió en búsqueda del único loro alpino del mundo en el Parque Nacional de Nelson Lakes, Nueva Zelanda.

Un kea, ave endémica de la zona alpina de la Isla Sur en Nueva Zelanda © Dave Buckton
Un kea, ave endémica de la zona alpina de la Isla Sur en Nueva Zelanda © Dave Buckton
By Kimberley Collins, Forest & Bird

Mientras miraba hacia la cima de 1300 metros apareciendo delante de mí, al instante me arrepentí de no haberme preparado mentalmente para una subida tan larga y difícil. Acababa de llegar al Valle Principal de Wairau con el equipo del Departamento de Conservación. Nos dirigíamos a la Sierra de San Arnaud en busca de una hembra de kea y sus nidos.

Como el kea es un loro alpino, debería de haber sabido que habría que subir una montaña o tres.

Corey Mosen y Sarah Fisher trabajan con los keas durante su temporada de reproducción, que comienza en agosto y se extiende hasta diciembre. Buscan a los adultos marcados por radiotransmisor, especialmente aquellos dan señales de estar preparando sus nidos. También visitan a los que hallaron el año anterior, para averiguar si las aves los están utilizando.

“En general, nuestro objetivo es no perder de vista ni a los huevos, ni a los polluelos, ni a sus nidos. Al final de la temporada, contamos todo para ver si han crecido en número”, explica Mosen.

Los keas preparan sus nidos en tierra, tanto en cuevas naturales y entre piedras como también en los hoyos y raíces de árboles grandes.

Esto los hace vulnerables a la depredación por mamíferos introducidos. Los armiños pueden matar a las hembras adultas y a sus polluelos, mientras que las ratas y zarigüeyas les molestan en sus nidos y se comen sus huevos.

Subscribe to Our Newsletter!

Mientras que yo respiraba con dificultad subiendo la pendiente, Mosen me explicaba que un huevo de kea se demora aproximadamente cuatro meses desde que se incuba hasta que llegan a ser adultos independientes.

“Estas aves son muy vulnerables durante bastante tiempo - dos tercios de los polluelos no llegan a la edad adulta. Una vez que los polluelos salen del nido y aprenden a arreglárselas solos, sobreviven bien. Por esto nuestro equipo se centra en asegurarse que lleguen a la edad adulta”, añade Mosen.

Después de subir la cuesta y bordeando un acantilado, llegamos a un lugar que podía ser un nido. Un sendero estrecho menos de un metro de ancho atravesaba el bosque, con un despeñadero a un lado y una caída impresionante al otro.

Un pedrusco cubierto de musgo sobresalía de la ladera con una pequeña abertura debajo de la roca. Aquí, señaló Mosen, era posible que encontráramos un kea. 

Descargamos nuestras mochilas y las tendimos cuidadosamente en el suelo para ver si alguien estaba en casa. Yo sujetaba la linterna mientras que Mosen observaba con su “artilugio busca-keas”, una simple cámara atada al palo de una escoba. Protegida debajo del pedrusco, encontró una adulta con dos pollitos recién nacidos y un huevo.

No queríamos molestarla con sus polluelos tan jóvenes, así que comenzamos a empacar nuestras cosas.  Pero cuando nos pusimos las mochilas preparándonos para salir, el susurro de las hojas entre las hayas nos llamó la atención.

Observándonos desde su posadero, con las gotas de lluvia escurriéndose sobre sus plumas verdes, había un kea macho, un adulto sin marcar.

Mosen se apresuró, soltando su mochila y sacando sus herramientas en un abrir y cerrar de ojos. Colocó una red en frente del abismo y puso su móvil en el suelo, desde el cual sonaba la llamada de un kea.

La llamada llamó la atención del animal rápidamente, que vino volando desde lo alto del haya para aterrizar encima de la piedra grande por unos minutos antes de acercarse al teléfono para investigar. Y así lo agarramos.

Con mucho cuidado, Mosen desengancho la red de sus garras y lo sujetó bien. Me preguntó si alguna vez había agarrado a un kea. Balbuceé que había agarrado un kākā Nestor meridionalis y él contestó que era casi lo mismo.  Me explicó la manera de agarrarlo con una mano alrededor del pico y la otra en sus garras.

A medida que su pico puntiagudo se acercaba a mis dedos, empezó a palpitarme el corazón rápidamente. Respiré hondo y lo agarré con fuerza mientras Mosen buscaba sus herramientas. De repente todo terminó: le puso el radiotransmisor, le midió el pico y la cabeza, lo pesó y sacó una muestra de sangre.

Luego lo dejamos ir, observándolo corretear por el sendero. Finalmente aterrizó sobre una rama de un árbol cercano, donde arrugó sus plumas de manera descontenta.

Acercarse a una de las aves más conocidas y carismáticas de Nueva Zelanda me abrió los ojos. No solo porque vi el trabajo que conllevaba por parte de los empleados del Departamento de Conservación para protegerlos sino porque aprendí sobre lo amenazados que están.

Antiguamente había cientos de miles, pero hoy en día se encuentran con dificultades con una población actual de menos de 1000-5000. Calcular exactamente cuántos quedan es un desafío. Como yo acababa de conocer, viven en áreas muy amplias de terrenos escabrosos.

Su naturaleza solitaria como adultos significa que sólo se puede encontrar uno o dos pájaros en un solo viaje de monitoreo.

Los números de los keas se redujeron desde 1860 a 1970 cuando mataron a más de 150.000 de ellos en una campaña del gobierno que pretendía terminar con ellos porque a veces picotean la grasa de las ovejas y las dejaban heridas. Los kea son conocidos por su inteligencia y naturaleza inquisitiva, pero su tendencia carnívora los puede meter en problemas.

Cuando frecuentan zonas pobladas como la aldea de Arthur's Pass, se sabe que son atropellados por automóviles, acaban atrapados en objetos artificiales y se enferman porque los turistas les ofrecen comida chatarra.

“Recuerdo que una vez vi a un kea encima de un basurero, con aspecto nervioso. Pensé, ¿qué está ocurriendo aquí? Abrí la tapadera, y resulta que su pareja se había quedado encerrada dentro, rebuscando entre la basura. Por suerte, el animal se encontraba bien. Pero esto es un buen ejemplo del tipo de líos en los que se meten”, explica Mosen.

El envenenamiento por plomo también está causando estragos en algunas de las poblaciones, dada la tendencia de estas aves a chupar y mordisquear todo lo que se encuentran en las casas y cabañas que se van encontrando. Esto afecta a su sistema inmune, afecta su desarrollo y empeora su capacidad cognitiva.

Por suerte, gracias a los esfuerzos del Departamento de Conservación, con el apoyo de Forest & Bird, estas aves están en buenas manos.

 

*El artículo original fue publicado por primera vez en la revista de Forest & Bird (BirdLife en Nueva Zelanda).

Texto traducido por William Merrell, revisado por Diana Zurita.