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Africa
13 Apr 2017

Atando cabos para salvar al pingüino africano

El pingüino de El Cabo se está extinguiendo por la falta de alimento a nivel local. Los conservacionistas intentan ahora reconectar a los pingüinos con el pescado.

El único pingüino nativo de África © Shutterstock
El único pingüino nativo de África © Shutterstock
By Christina Hagen

Pingüino: una palabra que evoca imágenes de paisajes nevados, icebergs y un grupo apiñado de pingüinos resistiéndose al frío helador.

Pero esta historia no podría parecerse menos: el pingüino de El Cabo Speniscus demersus se encuentra solo en el extremo suroeste de África, en Sudáfrica y en Nambia. Es una especie adaptada a ambientes subtropicales cálidos, llegando a soportar temperaturas mayores a 30°C, y es muy probable que nunca llegue a conocer la nieve o el hielo.

Las poblaciones de este peculiar pingüino, antaño compuestas por millones de individuos, han sido reducidas al 1% de lo que fueron en 1900. La recolección de huevos entre 1900 y 1930 resultó en la extracción de 13 millones de ellos de las costas del sur de África. Al mismo tiempo, una “fiebre del oro blanco” vio desaparecer cantidades inmensas de guano para uso como fertilizante, que terminó alterando el hábitat de estas aves.

En el espacio de unas décadas, el guano acumulado durante miles de años fue extraído. Acostumbrados a excavar madrigueras en el guano, los pingüinos se ven ahora forzados a anidar en la superficie, dejando sus huevos y polluelos expuestos a la depredación y a merced de los elementos. Cuando estos dos tipos de extracción dejaron de practicarse en los años 60, las poblaciones de pingüinos se habían reducido a poco más de 300.000 aves nidificantes.

Poco después, una nueva amenaza apareció con la industrialización de las pesquerías de sardinas – la presa favorita de esta especie. Con la aparición de nuevas tecnologías, la pesca incrementó a niveles jamás vistos.

Veinte años más tarde, las pesquerías de sardinas se habían colapsado. Pese a las expectativas de que la pesca fuera a ralentizarse, esto no ocurrió y los humanos fueron a pescar lo siguiente que encontraron: las anchoas – otra presa favorita de los pingüinos.

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Los polluelos de pingüino requieren una dieta muy alta en grasas, algo que tanto las sardinas como las anchoas proveen. Como ocurre con los humanos, las investigaciones demuestran que los polluelos de aves marinas que se alimentan de “comida basura” tardan más en desarrollarse y pueden sufrir un declive cognitivo que afecta la capacidad de los jóvenes polluelos para encontrar comida.

Como si eso fuera poco, en los años 90, las poblaciones de sardina y anchoa empezaron a migrar lejos de sus áreas de abundancia histórica. “Como los pingüinos están limitados por un radio de 40km ya que no pueden alejarse demasiado de sus nidos, la mayoría de los peces ahora están demasiado lejos para ellos”, explica Dr Ross Wanless, gerente de la división de aves marinas en BirdLife South Africa.

No está claro para los investigadores qué ha causado este cambio en la distribución de los peces, pero es posible que el cambio climático y los niveles elevados de pesca en la costa oeste hayan contribuido.

Para contrarrestar este cambio en la distribución, un nuevo e innovador proyecto ha empezado a investigar si se pueden mover las colonias de pingüinos a lugares donde haya mayor abundancia de peces.

“No sería la primera vez. Se han reestablecido colonias de aves marinas para el frailecillo en Maine, y para algunas especies de petreles en Nueva Zelanda. Solo se ha intentado una vez con pingüinos, y ninguna con esta especie en concreto”, explica Wanless.

“Este proyecto podría incrementar las poblaciones de pingüinos y funcionar como un seguro de vida para ellos, multiplicando el número de colonias, y reduciendo su vulnerabilidad a eventos catastróficos”, recalca Wanless.

BirdLife South Africa, con el apoyo de organizaciones locales e internacionales, ha identificado dos lugares en los que se podrían establecer colonias de pingüinos.

“Tras un estudio riguroso, hemos decidido reestablecer una colonia que empezó a formarse de forma natural en 2003 pero que no llegó a mantenerse debido a la depredación de animales terrestres”, explica Wanless.

“Esta vez, vamos a construir una cerca alrededor de la colonia para impedir que entren los depredadores”. Se utilizarán reclamos y grabaciones del canto de los pingüinos para atraerlos desde el mar, y se moverán los polluelos que tengan plumaje adulto a las nuevas áreas para que vuelvan allí a anidar.

En teoría, el plan funcionaría, dado que una vez que los pingüinos empiezan a criar en un lugar, volverán allí año tras año. Esta característica les permite mantener la misma pareja y volver a encontrarse todos los años. Por esta razón es importante mover a los polluelos pronto para animarlos a que elijan la nueva colonia como área de reproducción.

“El objetivo de las nuevas colonias es asistirlos para que se muden a estas zonas con mayor disponibilidad de alimento”, añade Wanless. “Aunque este proceso ocurre de manera natural durante cientos de años, necesitamos que ocurra más rápido.”

El pingüino de El Cabo también tiene que enfrentarse a otras amenazas, desde ataques de depredadores a vertidos de petróleo o la pérdida de hábitat. Ya se están tomando medidas para abordar estos problemas: la colocación de cajas nido artificiales han demostrado mejorar la tasa de reproducción y se han creado centros de recuperación para ayudar a aves heridas o petroleadas.

“Pero la falta de comida sigue siendo el mayor desafío”, explica el Dr. Taryn Morris, encargado de conservación de las aves costeras para BirdLife South Africa. “Nos estamos enfocando en proteger las zonas de alimentación y en trabajar con las pesquerías y el gobierno para asegurarnos que las necesidades de los ecosistemas se estén teniendo en cuenta”.

El pingüino de El Cabo tiene un futuro incierto, pero existe un grupo dedicado de organizaciones y personas apasionadas que están luchando por esta especie. Esperemos que el peso de estas medidas sea suficiente para inclinar la balanza a favor de su supervivencia.

 

Traducido por Irene Lorenzo, BirdLife International.